Dicen que las mujeres, pasados los cuarenta, nos volvemos invisibles. No puedo dar fé de ello porque yo, la verdad, invisible no me he vuelto nunca, siempre se me ha visto venir de lejos, sobre todo cuando estaba haciendo lo que no debía, y así me ha ido. Pero eso sería otra historia que no hace al caso aquí.
Pasados los cincuenta, ya no es que seamos invisibles, es que tal parece que vivamos de prestado, que ya no debamos estar ahí, molestando, estorbando el paso a las nuevas y pujantes hornadas de jóvenes tiburones (Y tiburonas, que de éstas hay cada día más). En una sociedad en la que cada vez importan menos valores como la experiencia, el esfuerzo o la constancia, con cincuenta cumplidos es fácil ser arrinconada como un trasto viejo, inútil y demodé, como una reliquia de un pasado que ni han conocido ni les interesa conocer, aunque pudieran sacar de él numerosas y provechosas lecciones.
A los cincuenta, el mercado laboral se vuelve imposible, no importa qué hayas sido, qué hayas hecho o qué hayas aprendido, eres demasiado mayor para todo, cualquier chiquilicuatro recién salido del cascarón pondrá en duda tu capacidad para desempeñar trabajos en los que ya estabas curtida cuando él aún llevaba pañales.Y lo debes aguantar impertérrita, con una sonrisa en tus labios Spectacular Rouge, proque esa es otra, debes aparentar, o tratar de aparentar, estar aún en plenísimas facultades físicas, que si no eres una vieja caduca, ya un tanto descuidada, y no cumples el perfil de presencia y excelencia, mira tú por dónde. Tampoco te está permitido, claro, caer en el ridículo de vestirte como la novia gótica de tu hijo post-adolescente, ah, entonces, qué grima, esa mujer que pretende ser lo que ya no és (Ni fué nunca, añado yo)
¿Y el amor? El amor pasados los cincuenta solo admite dos opciones: O conservas un matrimonio mutado en amistad con pinceladas eróticas, una pareja con la que compartir más ya la soledad que la vida, o te conviertes en presa de caza. Presa, sí, porque del juego galante de la seducción hemos pasado al acoso y derribo más descarado, utilizando todas las artes de la química si es necesario. Cazadores maduros, prejubilados buscando chacha que además de calentarles la cama les limpie la cocina y arregle el bajo del pantalón, cosa que no estoy en absoluto dispuesta a hacer si no me pagan la hora a precio de asistenta filipina, o peor aún, imberbes lectores compulsivos de revistas para adolescentes hiperhormonados, buscando realizar esa fantasía convertida ya como la de las dos hermanas gemelas en lugar común, la de la madura maestra, vecina, o amiga de la madre, que les instruya en las artes amatorias, mezcla perfecta de mamá-instructora-mentora-amante-gurú mientras, además, les da las gracias por haber fijado sus ojos impúberes en ella. Anda ya, y que os enseñe vuestra abuela! A mí, por favor, que me vengan aprendidos de casa...
Este es mi mundo, el mundo de las que ya pasamos del medio siglo, las olvidadas, estresadas, deprimidas y superadas. El mundo que me gustaría seguir compartiendo con vosotros, invisibles y etéreos lectores virtuales de este pequeño manual de supervivencia para todas las que como yo somos ya demasiado mayores para morir jóvenes, pero demasiado jóvenes para morir viejas.
